Mis piletas alemanas, propone dos maneras de recorrer el mundo, a través de la escritura. Invita a detenerse, observar y recordar que la literatura también puede convertirse en un espacio de resguardo.
Hay ocasiones en las que un libro conduce naturalmente hacia otro y, sin buscarlo, aparecen puntos de encuentro entre obras que, en principio, parecen no tener relación. Esas coincidencias inesperadas generan la sensación de que existe una especie de magia en la lectura.
Eso ocurre con Mis piletas alemanas, de Juan Vitulli, y Diario chino, de Santiago Loza, dos relatos de viaje que logran apartar, al menos por un momento, del vértigo cotidiano y la ansiedad para sumergir al lector en otras experiencias.
Un recorrido por Berlín a través de sus piletas
Juan Vitulli nació en Rosario en 1975 y desde hace varios años reside en Indiana, Estados Unidos, donde se desempeña como profesor universitario e investigador. Además de su trayectoria académica, desarrolló una carrera como escritor con publicaciones de narrativa y poesía, entre ellas Sur de Yakima, Primavera Indiana y De Natando y otras criaturas de la costa. Recientemente también obtuvo el premio del concurso anual de cuentos de la Fundación El Libro con El surco y el peso.
En 2025, Bulk Editores publicó Mis piletas alemanas, un libro que desde su título despierta curiosidad.
Desde que comenzó a escribir ficción, hace menos de una década, Vitulli mantiene una rutina inalterable: nada todos los días durante 53 minutos en la pileta del campus de la Universidad de Notre Dame, donde dicta clases e investiga sobre el Barroco. Ese hábito, según cuenta, le permite ordenar tanto sus jornadas como su escritura.
Berlín, pandemia y un desafío personal
Durante el invierno de 2021, cuando la pandemia de Covid aún condicionaba la vida cotidiana, Vitulli pasó varios meses en Berlín.
Llegó en diciembre sin hablar alemán y esa dificultad para comunicarse terminó convirtiéndose en uno de los ejes centrales del libro.
El desafío que se propuso fue conocer la ciudad, su historia y su cultura recorriendo únicamente sus piletas públicas.
Cada capítulo está dedicado a una piscina distinta y reconstruye el trayecto hasta llegar a ella, la espera para ingresar, la historia del barrio, los detalles de la construcción, las personas que encuentra en el camino y dentro del lugar, además de las distintas experiencias que vive mientras nada.
A lo largo del recorrido también aparecen pequeñas escenas cotidianas, recuerdos históricos, situaciones inesperadas durante los viajes en transporte público y episodios que transforman una rutina sencilla en una experiencia literaria.
El valor de lo cotidiano
Uno de los principales aciertos de Mis piletas alemanas reside precisamente en evitar los grandes acontecimientos.
El libro encuentra su fuerza en la manera en que narra situaciones comunes: las dificultades para hacerse entender, los problemas con los códigos QR de ingreso, las reservas equivocadas, la búsqueda de los vestuarios, los intentos por tomar fotografías o la convivencia con otros nadadores que alteran el ritmo de cada jornada.
Con un estilo sutil y un humor permanente, Vitulli convierte esas pequeñas peripecias en el verdadero motor del relato.
En uno de los capítulos, dedicado a la pileta Stadtbad Spandau Nord, describe el momento en el que finalmente consigue nadar con tranquilidad, sintiendo que el tiempo dentro del agua transcurre de manera completamente distinta al del mundo exterior.
Un proyecto que nació mientras viajaba
Después de la publicación del libro, el autor explicó cómo surgió la idea.
Contó que el proyecto fue tomando forma al mismo tiempo que recorría Berlín. Primero encontraba la pileta, realizaba la reserva correspondiente y al día siguiente emprendía el viaje. Durante los trayectos registraba observaciones en el teléfono celular y, al regresar a su alojamiento, transformaba esas notas en textos más desarrollados.
Inicialmente imaginó un recorrido mucho más extenso, con alrededor de treinta piletas, aunque el tiempo disponible no le permitió concretarlo.
Cuando regresó a Indiana, el proyecto quedó archivado mientras retomaba sus actividades laborales.
Tiempo después, una conversación con el escritor mexicano Fabio Morábito cambió el rumbo de esas anotaciones.
Morábito, con quien mantiene una amistad, le propuso participar de una lectura virtual organizada en Berlín y leer algunos de aquellos textos sobre las piletas.
Ese desafío lo llevó a recuperar el material guardado y, al revisarlo nuevamente, descubrió que ya tenía entre manos un libro.
El diálogo con «El nadador»
Vitulli reconoce además la influencia que tuvo sobre su obra el célebre cuento El nadador, de John Cheever.
El relato, publicado originalmente en 1964, sigue el recorrido de Neddy Merrill, un hombre que decide atravesar un condado nadando de pileta en pileta para regresar a su hogar, aunque el viaje termina transformándose en una experiencia muy distinta a la imaginada.
Consultado sobre esa referencia, el escritor explicó que relee ese cuento todos los años y destacó especialmente la importancia que Cheever le otorga al paso del tiempo.
También recordó las anotaciones del propio autor sobre el proceso de escritura del relato y la posterior adaptación cinematográfica protagonizada por Burt Lancaster.
Según Vitulli, todas esas lecturas lo ayudaron a conectarse con una tradición de personajes que recorren espacios reales e imaginarios a través del agua.
Una escritura que convierte lo simple en literatura
Más allá de la historia que cuenta, Mis piletas alemanas se sostiene en la calidad de la escritura de Juan Vitulli.
Su forma de narrar demuestra que incluso un recorrido cotidiano puede transformarse en una experiencia atractiva cuando está atravesado por una mirada atenta y una prosa precisa.
El libro termina dialogando naturalmente con otros relatos sobre natación, piletas, lagos o estanques, confirmando que, muchas veces, los viajes más significativos no dependen de grandes aventuras, sino de la capacidad de observar aquello que sucede alrededor.
